Jaque a la Reina

 

Porque esta vida no es,

como probaros espero,

más que un difuso tablero

de complicado ajedrez.

Omar Jayam

 

–Su Eminencia me pone en un compromiso –suspiró doña Isabel, mirando al cardenal de soslayo.

–No más que los moros granadinos, y bien que vais saliendo airosa…

La reina no dijo nada. Situó la torre blanca junto al rey, fuera ya de peligro, y aprovechó el siguiente movimiento para protegerse con la dama. Las espadas estaban en todo lo alto. Dirigidos con tesón y una pizca de malicia, los peones avanzaban, se trababan, las figuras se plantaban en el frente de batalla; y en este juego de posiciones, intenciones y suspicacias, el cardenal Mendoza se manejaba como pez en el agua.

–No os enroquéis, mi señora –era un hombre resuelto, de fe y de espada, al que no le gustaba perder la iniciativa–. Don Cristóbal es un marino capaz, que sabrá llevar a buen puerto los pendones de Castilla.

La empresa de Colón estaba sobre el tablero. El cardenal se afanaba, atacaba sin tregua. Intentaba convencer a la reina para que financiara el proyecto de las Indias. Aventuró un peón, que perdió a las primeras de cambio; así y todo, cabalgaba a rienda suelta y no se daba por vencido. Don Pedro González de Mendoza, canciller mayor de Castilla y gran cardenal de España, no tenía tiempo para florituras. Encaraba a su oponente a campo abierto, sin circunloquios. Aguijaba lanza en ristre sin pensárselo dos veces. Sus figuras se lanzaban tras las líneas enemigas y, antes de ser abatidas, se sacudían a diestro y siniestro como una rata en un saco.

Un viejo músico de tez oscura, con rostro de pergamino, turbante y chilaba, rasgueaba las cuerdas de un laúd sentado al amor del fuego. Las pulsaba con delicadeza, con los ojos cerrados. Abría la boca y en sus coplillas se mezclaba el perfume de las rosas y los limoneros, la llamada a la oración del almuédano con el aroma del narciso y el incienso, el trazo infinito de la profesión de fe sarracena –la ilaha ila allah–, en alabastro blanco y rojo almagre, con la flor de la canela, el jazmín y el clavo. Su voz llenaba la estancia. Era triste y profunda, parecía deslizarse como un hilo de plata y acompasar el ir y venir de los camareros, sus vueltas y revueltas sobre las alfombras de intrincada geometría persa. Cuando la música cesaba, mientras el viejo paladeaba un sorbito de moscatel entre una canción y otra, podía sentirse el crepitar de los leños en la gran chimenea de mármol. Los sirvientes se apresuraban entonces. Atizaban el fuego, llenaban las copas vacías, ofrecían con sumisa deferencia alfajores y arropes, tortas de miel, higos, pasas, pistachos.

Don Pedro se acarició la barbilla, indeciso. Los caminos del Señor son inescrutables, pensaba. Su mirada, al recorrer el tablero, era la del zorro cuando ronda un gallinero. Se dio cuenta de que los costados estaban bien pertrechados y vigilados, a distancia de diagonal, por la dama blanca. Consideró despacio sus posibilidades, así como los distintos modos que tenía para cargar con sus tropas, y llegó a la conclusión de que sólo si insistía por el centro sería capaz de sortear las defensas de la reina y adentrarse sin mayores complicaciones en los dominios del rey.

–Dos Cristóbal, os lo puedo asegurar a fe de prelado y vasallo vuestro –dijo, moviendo el alfil–, es un varón de gran ánimo y esforzado. Las derrotas que ha trazado para surcar la mar Océana no las habían ideado ni los cartógrafos de más lustre.

El cardenal venía con la espada desnuda en la mano, igual que su bisabuelo en la batalla de Aljubarrota[1]. Picó espuelas de nuevo y, encomendándose a san Jorge, patrón de los caballeros, arremetió con la convicción de un ariete contra el cuerpo de peones.

–Su Majestad haría bien en recibirle –añadió, desplazando la torre por su columna–. Hablé con él por Pentecostés, si mal no recuerdo. Es un orador notable, como vos sabéis, y muy elocuente… ¡ejm! Me hizo pensar en el sermón de san Pedro, cuando se dirige a la muchedumbre y clama: «Hombres de Israel, oíd estas palabras: sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días de incertidumbre derramaré el Espíritu del Señor, y ellos profetizarán».

Se oyó de repente el rumor mal reprimido de una carcajada. A un lado de la estancia, sentadas en media docena de sillas y con las cabezas tan juntas que parecían cebollas, las damas de la reina cosían y parloteaban, tejían e hilvanaban sus hablillas, sus enredos y patrañas, entre risas deshilachadas. Doña Isabel se volvió hacia ellas y las contempló con el ceño fruncido. Durante un instante dio la impresión de que fuera a sermonearlas o, como poco, a censurar su conducta; pero pasó el rato, la reina apuntó algo en un cuadernillo que llevaba con aspecto de breviario –«Es vuestro turno», musitó, tras corregir la posición de un caballo–, y volvió a sumirse en el juego.

El cardenal no replicó, o al menos no lo hizo de inmediato.

–La vida de don Cristóbal… –comenzó a decir, aunque pronto se quedó sin ideas y con la frase a medias.

Se frotó los ojos, que ya volvían a llorarle. Si continuaba forzándolos de esa manera, no tardarían en arderle como ascuas. «La vida de don Cristóbal…», repetía en voz baja, casi para su coleto. Lo repitió un par de veces, mientras se estrujaba el pensamiento con la terca minuciosidad de la piedra de un molino. «La vida de don Cristóbal…», mascullaba, con voz ronca. Los rasgos se le afilaban a causa de la concentración y, más que hablar, parecía que estuviera masticando las palabras con las muelas. Don Pedro tamborileaba sobre la mesa, incapaz de reprimir la impaciencia. Tenía cierta ventaja posicional –al menos en apariencia– y conservaba mayor número de piezas. Las huestes de la reina, sin embargo, lejos de doblar la rodilla, habían sabido replegarse y hacerse fuertes alrededor de sus figuras. Sus peones se sucedían y reforzaban mutuamente, ocupaban buena parte del eje de la vanguardia y convertían la conquista de cada casilla en una lenta y penosa sucesión de escaramuzas.

El cardenal carraspeó.

–La vida de don Cristóbal… –volvió a comenzar, con tono inseguro–, ¡ejm!, tiene trazas, desde luego, y guarda alguna semejanza con la vida del profeta Jonás. La corte portuguesa lo tacha injustamente de f-fanático, en nuestra tierra se le niega el pan y la sal y él, a pesar de todo, porfía y no se rinde, como si… ¡ejm!, como si el Espíritu del Señor le hubiera revelado el itinerario hacia el Catay y las islas del Cipango.

Don Pedro modificó un tanto la disposición de sus líneas. La resistencia de las blancas se le estaba atragantando, y ya no sabía qué camino tomar para resolver sus jugadas. Podía alentar el valor de sus hombres, como había venido haciendo hasta ahora, o combinar los asaltos directos con algún tipo de trampa o de emboscada. A estas alturas, cada estrategia que empleaba le llevada de manera inexorable a una nueva encrucijada; las certezas raleaban, y en su lugar se multiplicaban y enraizaban con fuerza los matojos de dudas y la achicoria amarga. Se le ocurrió de momento ajustar el entramado del sitio; que los zapadores socavasen las defensas de la reina, y después ya se vería. El cardenal iba a mover, pero titubeó. Iba a decir algo sobre el marino genovés, pero se quedó como petrificado, con la boca entreabierta y la mano en el aire, igual que la mujer de Lot al volverse hacia Sodoma; y cuando por fin se decidió y avanzó una casilla, no tardó mucho en arrepentirse. Hubiera sido mejor, quizá… si hubiese intentando sortear los peones por… o acaso el caballo, ¡sí, claro, eso era!, ¿cómo podía no haberse dado cuenta? Don Pedro suspiró, contrariado. La cabeza le bullía como si fuese una olla y notaba un hormigueo que le trepaba por las piernas, camino del espinazo. Pensó en un mulo, un penco rucio y medio ciego, cosido a mataduras. El caballo, claro, se decía. El caballo era la clave –se arrellanó en el sillón lo mejor que pudo–. Y rumiaba aquellas palabras que le dejaban en la boca el sabor de las almendras rancias.

Repasó mentalmente el desarrollo del juego. Sus piezas habían espoleado desde el primer movimiento. Al paso, al trote, embrazando los escudos y cargando con las lanzas. Enseguida al galope, a tumba abierta. Lidiaban con las blancas, con las lorigas desgarradas y los yelmos abollados por los golpes. Aguijaban, los caballos porfiaban, piafaban, se revolvían, se encabritaban, las espadas chocaban con estrépito; y por el codo abajo, la sangre centelleaba. Mediada la partida, no obstante, al cardenal le ocurría lo que a los ermitaños que se retiraban al desierto para orar y mortificarse. Una cosa era el ideal –reflejado con poética elocuencia en martirologios y libros de horas– y otra, muy otra, la mezquina realidad de la carne.

Don Pedro levantó la cabeza e hizo una seña. Uno de sus criados se le acercó entonces a vivo paso. Traía entre las manos un almohadón de terciopelo azul, con el lema familiar –«Dar es señorío, Recibir es servidumbre»– bordado en letras de oro. Se detuvo entre reverencias, entre reverencias lo mullía y, antes de volver sobre sus pasos, se lo puso a su señor en la espalda, entre reverencias y con sumo tiento. Pero su señor no dijo nada. Apenas si le hacía caso. Bebía vino, un traguito, se humedecía los labios. ¿Qué hacer?, se repetía. Contemplaba el tablero, aquel arabesco blanco y negro, cada vez más complejo. Intentaba avanzar y se embarullaba. La fatiga le pisaba la nuca con sus pesados escarpes de acero. El cardenal cerró los ojos y se frotó las sienes. Tenía la impresión de que las piezas se movieran de un lugar a otro sin que nadie las tocara. Pensó en un mulo, un penco rucio y con anteojeras. Su dueño le muele los lomos con una vara de avellano. Le golpea en el pescuezo, en los ijares, tras las orejas. El mulo jadea. Sus dientes son romos como dados de hueso, negros y amarillos. Abre la boca y tose. La barriga se le infla, se le desinfla, las patas le temblequean, y una sangre espesa y cárdena le resbala por el belfo cada vez que respira. Don Pedro había presenciado la escena de manera fugaz, al llegar cabalgando junto a su padre. Mucho tiempo había pasado desde aquel día, más de cincuenta años; y sin embargo, el chasquido de los azotes, el resuello de la pobre bestia, que sangraba por los cuatro costados, o el gesto despiadado de su dueño, apretando los dientes y golpeando, golpeando, golpeando sin descanso, todo ello lo tenía grabado a fuego en la memoria, y era incapaz de olvidarlo. Recordaba el barranco del Alamín, a las afueras de Guadalajara; un páramo de tierra ocre y guijarros. Recordaba a lo lejos las ruinas de una ermita, la de san Telmo, incendiada tiempo atrás por un rayo. El cielo frío, turbio, color ceniza. Y recordaba sobre todo al dueño, un tipo astroso, mohíno, cargado de espaldas, un menestral o un quincallero, con un brazo tullido, el derecho, que le caía todo a lo largo del cuerpo. Que se volvió y los miró un instante, de medio lado, y se humilló levemente al reconocer al señor marqués con un de sus vástagos; y que en cuanto pasaron de largo y desaparecieron por la puerta de las murallas, siguió adelante con su faena.

El cardenal Mendoza dio un respingo. Acababa de oír, o creía haber sentido, el graznido de un cuervo. Escuchó con atención, y nada. El susurro de los criados al deslizarse con cuidado, el chisporroteo de las bujías, que ardían en sus candeleros, las risillas sofocadas de las damas. Poco más. Don Pedro respiró aliviado. Les tenía un miedo irracional a aquellas bestezuelas. A veces soñaba con ellas, con sus picos afilados, con el brillo frío de sus ojos; y despertaba de golpe, en medio de la noche, con un alarido a flor de labios y el corazón latiéndole en la garganta. El cardenal soñaba con el otro mundo cada vez con mayor frecuencia. Cerraba los ojos y veía el firmamento sobre la tierra durante el día de la Ira y el Juicio Final. Un san Miguel avejentado, desnudo y flácido, pesaba las almas de los hombres con gesto de indiferencia. A su alrededor, y para mitigar la espera, los veinticuatro ancianos del Apocalipsis jugaban a las tabas y a los dados, o, por mejor decir, tronaban y se tiraban de las barbas. Jeremías daba un puñetazo en la mesa. «¡Fullero! –estallaba–, ¡hideput…!» Ananías le respondía dedicándole una higa. Un salterio pasaba volando por el aire; y entre votos a fray Dulcino e improperios, aquellos micos desdentados acababan apostándose las túnicas, las coronas y aun la salvación eterna. También los pecadores andaban a la greña. Se empujaban, se tiraban de las orejas, se hacían la zancadilla. La mayoría caía del platillo de la balanza no tanto por el peso de sus culpas como por su estupidez y su contumacia. Abajo, en el suelo, demonios con forma de sapo o cochinilla y esqueletos vestidos con hábitos frailunos aguardaban provistos con grandes mallas y señuelos para pájaros. Atrapaban al vuelo a los condenados, sus almas negras, como niños que cazan mariposas. Los cargaban de cadenas, los sujetaban con argollas bien ceñidas, para que no pudiese huir ninguno, y tiraban de ellos por el cauce de un río seco. Al final del camino había un pescado gigantesco, un rape, varado en tierra, con la cabeza ancha y aplastada, salpicada de espinas, y la boca tan abierta y oscura que más que una boca parecía una gruta. Allí arrojaban los diablos a los pobres pecadores, que se retorcían antes de hundirse en las simas del infierno, e imploraban clemencia dando gritos y llorando.

Contó dos, tres, cuatro… seis peones blancos. Cinco, si descontaba el que estaba a punto de entregar. Doña Isabel reflexionaba largamente, con las manos entrelazadas bajo la barbilla. El juego se había convertido en una urdimbre bien trenzada de embustes y añagazas, y no convenía precipitarse. Le pareció que el cardenal dudaba, que no acometía con el mismo empeño que antes. La reina levantaba la vista de cuando en cuando y observaba a su rival con disimulo. Escudriñaba sus facciones, aquella mueca de hastío, de busto de alabastro blanco, e intentaba leer en su rostro igual que leía en el tablero el devenir de las piezas.

Cinco peones, se dijo, mordiéndose el labio. Las torres, los caballos, el rey y la dama; y la partida que, poco y poco, se escoraba hacia las tablas, de la misma manera que lo hace un toro cuando siente que renquea y se le doblan las patas. La reina había seguido con atención las últimas jugadas, cada maniobra, cada error y cada táctica. Había perseverado con la paciencia de Penélope, y con su misma inteligencia, hasta descifrar el mecanismo de las negras. Ahora, si quería doblegar la voluntad de su adversario, no le quedaba más remedio que actuar en consecuencia. Dejar a un lado las prevenciones y buena parte de sus cautelas, y meterse en faena. Y tal y como lo pensó y lo vio claro, así lo hizo, pues no por nada corría por sus venas la sangre de los Borgoña, y en sus ojos, en el sesgo azul metálico de su mirada, siempre hubo quien dijo haber visto el desparpajo que hiciera célebre a la reina Catalina de Lancáster, su abuela paterna. Doña Isabel adelantó por la izquierda el caballo del rey, para emplearlo más tarde como cabeza de puente. La fortuna se alió con ella y, tras salir con ventaja de las primeras refriegas, consiguió completar el cerco de la torre negra, que no tardaría en caer más de tres movimientos.

–Os oigo elogiar a micer Cristóbal –dijo entonces, rompiendo el silencio– y dar pábulo a sus pretensiones, y me da por pensar en el país de Cucaña, donde hay quien dice, y su Eminencia lo habrá oído, que los montes son de queso y los ríos de vino, los lechones cuelgan de los árboles, gordos y en su jugo, y las casas, en lugar de adobe, son de bizcocho y membrillo.

El cardenal palideció. Estaba distraído contemplando el fuego de la chimenea, y el reproche de la reina le sorprendió como si le hubieran cogido en falta. Buscó la torre con insistencia. Pasó revista luego al resto de sus figuras, sobre todo a las más próximas. Abrió la boca para defenderse, pero justo cuando estaba a punto de mover, la reina volvió a tomar la iniciativa. Batió palmas –«¡Señoras! –exclamó–, ¡por favor, señoras!»– y se encaró con sus damas:

–Demos gracias a Dios –dijo– y a Nuestra Señora del Perpetuo Silencio por ser mesuradas a la hora de conducirnos, y no groseras e ignorantes, ni tampoco charlatanas, una de esas alcahuetas que deja a su ventura los quehaceres de la casa, se arremanga los faldones y sale a escape, doña Flor o doña Urraca, una de ellas, que corre de plaza en plaza, de corro en corro, que mete la cuchara en todos los cocidos; y no hay comadre a la que no visite, ni suegra ni madrastra, y jura, perjura, maldice, se tira de los pelos, se golpea en el pecho con el puño cerrado, la muy tunanta, y no es capaz de quedarse callada ni por pienso, ni aunque el cielo se abra sobre su cabeza y se le aparezca la Santísima Virgen sentada en un trono de rico oro y pedrerías, y rodeada por una cohorte de ángeles, arcángeles y los espíritus de los Bienaventurados, que entonan sin cesar el sanctus, sanctus, sanctus.

La reina hizo una pausa, que aprovechó para pedir otra copa. Hablaba con calma, doña Isabel, y muy suavemente, como era hábito en ella cuando lo que quería era hacerse entender. Escogía las palabras con prudencia, sólo las imprescindibles, y, al expresarse, lo hacía de la misma manera que jugaba al ajedrez, esto es, sin elevar la voz ni alterar el gesto. Sus damas, mientras tanto, la escuchaban en silencio, con las manos pudorosamente recogidas sobre el regazo. Las más jóvenes se habían ruborizado hasta la raíz del cabello. Tenían la vista clavada en el suelo. Y había alguna, y más de una, que hubiera dado de buena gana el mayorazgo de su hermano por conocer las artes mágicas del hada Morgana, convertirse en cucaracha y desaparecer por una grieta en aquel mismo instante.

–Que para bien decir, a mi juicio, no es menester dar un cuarto al pregonero, ni chillar a los cuatro vientos como si fuese día de mercado y repicasen al unísono todas las campanas de la iglesia de santa Bárbara.

Doña Isabel de Trastámara, reina de Castilla, de Aragón y de Sicilia, era una mujer de carácter, a veces autoritaria, que no dudaba lo más mínimo a la hora de imponerse a sus súbditos, ya fuera de grado o por fuerza. Los que la conocían y trataban a menudo, hombres probos y de buen juicio como el padre Hernando de Talavera, autor del opúsculo doctrinal ¿Por qué creer en Dios? Porque Dios lo manda, o quien habría de ceñirse andando el tiempo los hábitos de Gran Inquisidor, fray Tomás de Torquemada, se hacían lenguas del rigor casi ascético con el que se gobernaba, y elogiaban por encima de cualquier otra virtud la fortaleza de su espíritu. Cuando había que cabalgar, ella era la primera en apremiar a su montura. Partía de sus predios y se internaba por los puertos de la sierra, tanto si nevaba como si el sol caía a plomo. De León marchaba hacia Zamora, luego a Toro, a Tordesillas, y de aquí hasta Segovia pasando por Medina. No había empacho que no venciera, ni accidente en el camino que la obligara a detenerse. El rey Fernando reclamaba su presencia en la villa de Baza para levantar la moral de sus hombres, que comenzaban a impacientarse por la duración del asedio y la hostilidad de los musulmanes, y allá que iba ella, acompañada por sus damas y una tropa ligera.

Había veces, no obstante, en las que todo parecía confabularse en contra de los intereses de la corona. Disturbios, violencia, saqueos, los corsarios berberiscos, que ponían en peligro el comercio de la costa. El inquisidor Pedro Arbués había sido degollado por una banda de sicarios mientras rezaba en la catedral de Zaragoza, y en Barcelona la voracidad de las oligarquías locales, los mal llamados ciutadans honrats, amenazaba con dejar a las clases populares sin el panem nostrum quotidianum. Sobre la mesa se acumulaban despachos llegados de los cuatro puntos cardinales. Los había de Compostela y de Tarifa, de Tudela, en Navarra, e incluso de la lejana isla de La Palma, y la reina daba la impresión de estar más pálida y ojerosa que de costumbre. Sus consejeros, seriamente preocupados, apelaban a su buen juicio y le rogaban que delegara alguna de sus funciones o, en todo caso, que moderase su celo; a lo que ella esbozaba una media sonrisa y les contestaba que el Señor no la había puesto en el trono para holgar, y que la rueca no había sido hecha para una reina. Un ballestero, les ponía como ejemplo, en el campo de batalla, sólo tiene una oportunidad, una buena, de salir del pavés que lo protege y disparar contra su enemigo; y llegado el momento no pude dudar, no tienen tiempo, o desaparecerá engullido bajo los cascos de la caballería.

–¡Y hasta aquí de tanta algarabía!

Doña Isabel consultó su cuadernillo. Repasó algunas páginas, haciendo hincapié en las últimas anotaciones, que releía sin prisa y en voz baja, como si la partida no fuese con ella. Cuando acabó, miró al cardenal de hito en hito. «Hablemos de números, si os place», le propuso; y casi sin darle tiempo ni para alentar, cogió la dama con vehemencia, cruzó medio tablero en diagonal y fue a plantar sus reales en las mismas barbas del rey negro.

–Es la economía, mi señor don Pedro –suspiró entonces, encogiéndose de hombros–, y la flaqueza que acarrean los caudales de Castilla desde que hay guerra con Granada. Lo que hace que el empeño de vuestro navegante siga en el dique seco no es otra cosa que su elevado coste, tanto en hombres y bastimentos como en simples dineros.

Acertó a pasar mientras la reina hablaba una esclava mestiza, muy joven, esbelta como una gacela, que llevaba una bandeja con gajos de fruta en almíbar y pétalos de rosa, almojábanas de queso fresco y pastelillos de hojaldre rellenos de trufa. Su nombre era Aixa, pero desde que entró al servicio de don Pedro, todos la llamaban Juana.

–Lo recibimos en las cortes de Salamanca, a micer Cristóbal –la reina hizo un ademán para llamar a la esclava–, y no mucho después acudió a nuestro encuentro en Alcalá de Henares. Platicó muy de cierto sus razones, y debatió los fundamentos que traía con gente letrada y de seso.

La bandeja era de ébano con taracea de nácar, y tan surtida estaba que, más que una bandeja, parecía el zoco de los dulces de Damasco.

–Había maestros en el arte de la astronomía, cosmógrafos, cartógrafos, había gente de mar y capitanes, e incluso nos acompañó un grupo de mercaderes recién llegados de la Serenísima República. Y todos ellos escucharon con el mayor interés la relación que micer Cristóbal les fue haciendo de sus propósitos, vieron sus cálculos y sus diagramas, así como muchos otros papeles de los que traía bajo el brazo.

Los orejones de albaricoque tenían el aspecto de las alhajas orientales, piedras pulidas, menudas, y lo mismo podría decirse de los buñuelos sefardíes o