La isla de los circuncidados

PRIMER INTERLUDIO

De cómo el hijo natural de los ilegítimos, pero muy fervorosos y placenteros, ayuntamientos y amores mantenidos entre Su Señoría el Marqués de la Vega y la benemérita hija del alguacil de Alcaudete de La Jara, fue embarcado en la galera San Bartolomé de los Abiertos por su preclaro progenitor y de las, en ocasiones, infortunadas, y en otras no tanto, desventuras que le sucedieron tras su forzado abandono de la nave y su salvamento en las costas de la antedicha isla.

Es esta una historia que en numerosas ocasiones he relatado y en pocas, por no decir ninguna, ha sido tomada como cierta. Y, sin embargo, a fe mía que absolutamente todos los hechos que presentaré al amable lector son fieles en grado sumo a la realidad, al menos hasta donde la frágil memoria de este anciano es capaz de alcanzar. Aún más, todos ellos fueron experimentados en sus propias carnes por su seguro servidor, Diego de la Encina, allá por el año de Nuestro Señor en el que nuestro Magnífico Soberano, que en gloria esté, aunque no la merezca, derrotó al Turco en aguas griegas para mayor grandeza de la Cristiandad, según se decía y, en especial, de su propia persona, porque, vistos los resultados con la perspectiva que dan los años, aquella magnífica victoria no sirvió para gran cosa. Pero esa es otra historia y no es este el lugar donde debe ser narrada.

Como tantos de mis compatriotas y, a decir verdad, en número especialmente elevado en la región en la que me tocó ver la luz del Sol, me cupo la suerte (o tal vez no fue tal) de ser hijo natural de un poderoso, rico e influyente en la Corte noble, el Marqués de la Vega. Mi madre me trajo al mundo el año en el que abdicó el Emperador y se retiró del mundo a la tranquilidad de un apacible y aislado monasterio de la Extremadura. Era una mujer de franca belleza, que tuve la fortuna de heredar, y de un natural pusilánime y apocado, algo que también se ajusta a mi carácter, como se ha de ver en esta historia. El Marqués pronto quedó prendado de sus atractivos y la joven y hermosa hija del alguacil de Alcaudete de La Jara se convirtió en la favorita de Su Señoría.

Durante mi infancia jamás me sentí afectado de manera particular por las circunstancias de mi concepción y nacimiento. Nunca me tuve por poco observador y no se me escapaba el grado de miseria en el que vivían los comunes súbditos de Su Majestad y, en especial, los que dependían de la voluntad de mi muy amado, por su riqueza, padre. No se portó mal conmigo el Marqués. Al fin y al cabo, y a pesar de lo cornamentada que estaba la señora del de la Vega, no tuvo Su Señoría otros hijos varones (legítimos o no) que éste que les habla. Y si bien en otros muchos aspectos fue una persona ruin y miserable, aunque no más que otros de su época y categoría (todo debe decirse) he de reconocer, justo es, que nunca anduvo con miramientos en lo que se refirió a mi bienestar y formación. Aprendí latín y griego, según las costumbres educativas de la época, pero también francés, italiano y alemán (lenguas habladas en, decía él, nuestras posesiones). Algunos rudimentos de la lengua del Profeta también me fueron impartidos. Súmesele a todo esto el cuerpo de conocimientos que todo futuro caballero de la Alta Nobleza debía poseer (importantes destinos me aguardaban o eso me había de parecer en aquellos tiempos) y, resultará claro, que llegué a la edad adulta con una cultura académica inmensa, pero sin conocer nada de la Vida, con mayúsculas, y muy poco más que la enorme casa solariega en la que habían transcurridos mis años mozos. Mi amantísimo padre me educó tanto y me protegió tan bien de la contaminación del mundo, la carne y todo aquello con lo que los dómines nos amenazaban que, el día que hube de levantar vuelo desde el nido de mi hogar, no tenía excesivamente claro lo que era esa Vida y entiéndase a este respecto, una mujer y todo lo que la rodea y entiéndase nuevamente a este respecto, placentero ayuntamiento.
Diríase que en un seminario había transcurrido mi infancia y pubertad y no andarían desencaminados quienes tal pensaran.

Según los planes de mi ilustre progenitor era la carrera militar la que me estaba destinada. En realidad esto me era indiferente. Mi deseo era salir de aquel poblachón manchego en el que me había criado y conocer todo aquello que en los textos de mis maestros había vislumbrado e, intuía, no se encontraría demasiado lejos de mi alcance dada mi, suponía yo, elevada posición social. Así, la noticia de mi próxima partida hacia la Corte para, una vez allí, unirme al séquito de Su Alteza el Hermanastro de nuestro amado Soberano, me llenó del alborozo que el lector puede suponer. El destino final era enrolarme a la flota que a la sazón se estaba armando con el objeto de combatir al infiel Turco. La brusca transición que se me avecinaba no me asustaba en absoluto. Aquel no sólo sería mi primer contacto con el mundo auténtico y real, sino, además, mi bautismo de armas, el comienzo de mi andadura en una carrera militar que me llevaría a la gloria y al triunfo. El magín se me desbordaba ante la imagen de la batalla que pronto habría de vivir. Las cabezas enturbantadas caían a mis pies como los melocotones maduros lo hacían en el patio de la casa paterna unos días antes. Heroicidades sin número en la lucha me llevaban a los salones de la Corte donde Su Majestad me inundaba de mercedes, predios, títulos y riquezas. Bendita adolescencia. ¡Cuán diferente habría de ser la realidad!

El primer desengaño se presentó a la hora de embarcar. Razones prolijas de exponer (en esencia y resumen, la más alta alcurnia de otros miembros de la expedición, no nacidos, como un humilde servidor, de ilegítimo amorío) me llevaron a ocupar plaza en la galera San Bartolomé de los Abiertos y no en La Real a las órdenes del Hermanastro de Su Majestad. Los oropeles del poder se alejaban un tanto, pero aquello no hizo disminuir mi ilusión un ápice. En pocas semanas embarcaría y nos haríamos a la mar. Tanto daba una galera que otra. Oportunidades sobradas se presentarían para alcanzar fama y honores y allí estaría el caballero Diego de la Encina para aprovecharlas.

Mi tutor, mentor y protector en aquella aventura iba a ser el Conde de Navahermosa, íntimo amigo de mi padre y personaje de fama en la Corte por su arrojo en las guerras contra los franceses y flamencos y por otras razones de índole galante. Él se encargaría de proporcionarme todo lo necesario para la travesía y la lucha y de indicarme mis deberes y obligaciones hasta que el momento culminante de la batalla apareciera en el horizonte del mar infinito y de mi vida. Era el Conde, a pesar de su prestigio merecido, un hombre joven, apenas siete u ocho años mayor que yo, pero, como queda claro de mis anteriores palabras, con bastante más experiencia vital que un servidor. Alto, moreno de cabello y de tez pálida, ojos claros, bien parecido, un cuerpo resultado de marcial ejercicio por los yermos castellanos y los cenagales de Flandes, desenvuelto, de gran simpatía, reunía todas las características necesarias para recolectar amistades y admiradoras allá por donde pasara. Ante tal despliegue de mundología y tamañas perfecciones naturales no tardé en rendirle total pleitesía. El de Navahermosa se convirtió en mi ídolo y modelo a seguir.

Antes de la partida hubieron de transcurrir varias semanas en puerto, de preparativos variados, indefectiblemente vinculados a una campaña naval como aquella. Durante los días de espera me fui aclimatando a lo que iba a ser mi primera experiencia militar. Nuestro alojamiento en la ciudad era acorde a nuestro rango (al menos al del Conde). Disponíamos de varias habitaciones en un palacete propiedad de unos parientes de la madre de mi nuevo Señor. Allí podíamos llevar una vida independiente de la de su familia. La mayor parte del tiempo se nos iba en duras prácticas con la espada, el escudo, la pica, la alabarda, el arcabuz y otras armas que, maldita sea si recuerdo sus nombres dado el servicio que, finalmente, me prestaron. Tras el esfuerzo físico venía algo que, hasta entonces, no me había sido muy conocido y poco había practicado, a saber, la higiene corporal, práctica no muy bien valorada e incluso denostada por mis dómines docentes allá en la casa solariega de mi padre. Versado como era en los clásicos mi noble protector, las costumbres de aquellas remotas épocas no le eran desconocidas y, tras el fatigoso entrenamiento, todo un ritual se desarrollaba en las habitaciones reservadas a tales actividades. Baños en agua caliente, en agua fría, baños de vapor, masajes con aceites perfumados… Todo asaz placentero. En las primeras ocasiones en las que practicamos este ritual no pude evitar sentirme violento con mi propia desnudez, en especial ante la presencia del Conde. Éste, sin embargo, actuaba con total naturalidad, por tanto, poco a poco, la costumbre fue apagando mi turbación por el traje de Adán, que no por un cierto efecto secundario. A éste último también me habitué, aunque no por ello dejó de inquietarme. Me consolaba en parte el hecho de que el tal efecto era evidente también en Su Señoría. Cosa curiosa, pensaba yo en mi inocencia, evidente sólo después de que el paje empleara sus infantiles y suaves manos en masajearnos. La realidad es que en mi caso el efecto secundario mencionado se presentaba bastante antes del masaje (cosas de la juventud, vuestras mercedes sabrán disculparme), por tanto lo del de Navahermosa nunca me extrañó demasiado. Tampoco me llamaron la atención sus aquilatadoras y poco disimuladas miradas, ni sus sonrisas insinuadas al contemplarme en mi adolescente desnudez. Esto lo atribuía a que mi efecto era en forma notable superior al suyo y a su sorpresa ante tal circunstancia. No tenía yo por e