Barrett, precursor olvidado

 

La civilización no consiste en exportar mucho, ni en caminar de prisa, ni en escribir con ortografía. Consiste en la dulzura de las costumbres, en el amor y en la tolerancia, en la elevación nativa de los sentimientos y de las ideas.

Dichoso el día en que ni la fortuna ni la miseria se hereden.

En la escuela hay que adquirir el hábito de no mentir y de atender a las molestias y a los sufrimientos del prójimo. Hay que salir de ella verídico, compasivo y cortés. Esto es lo importante. Y de lo que nadie se ocupa.

No es la razón, más o menos amueblada, sino la voluntad lo que hace marchar al mundo.

La fortuna llovida del cielo corrompe y arruina. Es común la idea falsa de que la agricultura y la industria exigen para desenvolverse fuertes capitales. Lo contrario es lo cierto. Lo que dura y prospera y perdura es lo que nació humildemente y se fue nutriendo de su propia sustancia.

Nada detiene a una raza animada de ideas que no se doblan, y sostenida por el austero afán de guardarse idéntica a sí misma. Nada, ni el acero de las armas, ni el oro de las opulencias, salva a una raza que pierde el carácter.

En el gobierno reina el terror, y no hay cosa tan cruel como el miedo, cuando tiene el miedo las armas en la mano.

Se parecen tanto unos a otros los partidos, que la única manera de distinguirlos es ponerles un color.

La prosperidad social exige iguales condiciones.

Ella nos enseña que ni el dinero, ni los honores, ni el placer, ni la carne son nuestros. La muerte es una criba que guarda lo esencial, y si a la criba llegamos con carne satisfecha y un montón de títulos y de oro por todo equipaje, de nosotros nada quedará. Moriremos de veras, porque no supimos de veras vivir.

Pasamos como pasa un grano de polvo por un rayo de sol. Pero recibimos y guardamos durante ese rápido instante, para transmitirlo a la eternidad futura, un divino germen: la razón.

Pensemos en las primaveras que jamás respiraremos, hermanas de la que gozamos ahora, que se perdieron bajo tierra nuestros padres. Pensemos en los adolescentes que se pasearán enlazados, heridos de amor, al declinar un bello día; allá cuando no quede recuerdo de nuestros pasos por el mundo, pobres huellas borradas por miles de huellas.

Rafael Barrett

 

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