Minutos mudos

Es frecuente que un oficinista se quede sin empleo. Bien porque lo han despedido o, lo que acontece con mucha más frecuencia, porque se ha despedido él. Esto lo hacen las naturalezas inquietas de este colectivo, y casi siempre se trata de personas desgraciadas. Ni de lejos se desprecia tanto a un obrero parado como a un oficinista desempleado, y esto obedece a ciertas razones. Un oficinista, mientras está colocado, es un caballero a medias; sin colocación desciende hasta convertirse en una nadería torpe, inútil, fastidiosa. Se lo considera una persona degenerada, a la que ya no se puede emplear, lo cual es muy triste e injusto. Aunque debe haber un cierto, indiscutible desarreglo, algo malo, defectuoso, en su carácter, ¿acaso por eso no vale ya para nada la persona entera? A Dios gracias no abundan esas gentes consagradas al comercio, o el orden y la tranquilidad públicos estarían en peligro. El oficinista hambriento es uno de los personajes más espantosos. Los obreros hambrientos no son ni de lejos tan horribles. Los obreros forasteros siempre pueden encontrar ocupación, los oficinistas jamás, al menos en nuestro país. Sí, querido lector, en este artículo en el que te informo de los pobres y despreciados desempleados no puedo adoptar el tono chistoso de los anteriores pasajes, pues sería demasiado cruel. ¿Qué hacen casi siempre los oficinistas desempleados? ¡Esperar! Esperar una nueva colocación, y mientras esperan los martiriza el remordimiento, que les hace los más gélidos reproches. Habitualmente nadie los ayuda, porque ¿quién quiere tener algo que ver con tan sucia chusma? Es triste, conozco a uno que estuvo seis meses desempleado. Aguardaba con miedo febril. El cartero era para él ángel y diablo; ángel cuando sus pasos se aproximaban a la puerta de su casa; diablo, cuando pasaba de largo con despreocupación. Ese oficinista, por un aburrimiento destructivo, comenzó a escribir poesías, y consiguió algunas bellas. Era un alma refinada, sensible. ¿Tiene ahora empleo? No, hace poco ha vuelto a abandonar el nuevo empleo, tan estúpido y poco inteligente es. Debe padecer una especie de enfermedad que le impide resistir en cualquier sitio, y algunos entendidos en ese tipo de cuestiones le auguran un terrible final. Sucumbirá, no hay duda. De esto se deduce que entre los oficinistas insignificantes, que cosechan muchas risas, existen también destinos muy trágicos. ¡Así de prodigiosa es la naturaleza! Para ciertos fines, ni siquiera un oficinista es demasiado poco para ella. Si no te repugna llorar, lector, o si tú, tierna lectora, lloras alguna vez por pena, no olvides guardar una lágrima de tus dulces ojospara el oficinista que padece la enfermedad incurable que acabo de describirte.
 
Robert Walser

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