Bohumil Hrabal

Hablaba confusamente sobre el otro lado de la belleza, que esa hermosa hogaza de paisaje está en relación con el amor que uno sepa profesar también a todo lo que es desagradable, solitario, amar el paisaje con esas hoas, días y semanas de lluvia, de un anochecer temprano, cuando uno está sentado junto a la estufa y piensa que son las diez de la noche y en realidad tan sólo son las seis y media, amar el hecho de que uno se pone a hablar consigo mismo, que le habla al caballito, al perro, a la gata y a la cabra, pero que, ante todo, prefiere hablar  con sigo mismo, al principio en voz baja, como si estuviera en el cine, dejar transcurrir las imágenes del pasado por el recuerdo, pero luego, igual que yo, empezar a dirigirse a uno mismo, a darse consejos, a hacerse preguntas, a interrogarse a uno mismo y querer saber de sí mismo lo más secreto, a presentar cargos contra uno mismo, como si fuera el fiscal, y defenderse, y así, alternativamente, llegar a través del discurso con uno mismo hacia el sentido de la vida, no hacia lo que fue y pasó hace tiempo, sino hacia adelante, cuál era el significado de ese camino que ya había hecho y el del que le quedaba por desandar y si aún queda tiempo para alcanzar a través del pensamiento una calma tal que proteja a uno  contra el deseo de escapar a la soledad, de escapar a las preguntas fundamentales, para las que un hombre debe tener fuerza y valor suficientes... Y entonces yo, un peón caminero, sentado cada sábado hasta avanzada la noche en la taberna, cuanto más  tiempo pasaba allí sentado y más me entregaba a la gente  tanto más pensaba en el caballito que estaba delante de la taberna, en la chispeante soledad de ese nuevo hogar mío, veía  cómo todas las personas me oscurecían aquello que quería ver y saber, que todos únicamente se divertían, como antaño me solía divertir yo, cómo todos posponen aquello sobre lo que un día tienen que preguntarse, si tendrán la suerte de tener, antes de morir, el tiempo suficiente... en realidad en esa cervecería yo siempre había verificado que el fundamento de la vida consiste en preguntarse sobre la muerte, cómo me iba a comportar cuando llegue mi hora, que en realidad la muerte, no, el preguntarse a uno mismo es un discurso enfocado a través del prisma del infinito y la eternidad, que el hecho de pensar en la muerte es el comienzo de un pensamiento hermoso y acerca de lo hermoso, pues saborear el sinsentido del camino propio, que de todas maneras termina con una marcha prematura, ese deleite y vivencia de la propia aniquilación, eso llena al hombre de amargura y, en consecuencia, de belleza. Para entonces ya era el hazmerreír de toda la cervecería, así que me permitía preguntarle a cada parroquiano :¿donde quisiera ser enterrado?, y todos ellos se llevaban primero un buen susto, pero luego se reían hasta saltárseles las lágrimas y en reciprocidad me preguntaban a mí dónde quisiera ser enterrado yo, si tuviese la suerte y me encontrasen a tiempo, pues al penúltimo peón caminero lo encontraron entrada ya la primavera y estaba todo devorado por las musarañas, los ratones y los zorros, de modo que enterraron sólo un manojo de huesos, lo mismo que un manojo de espárragos o de huesos para el caldo. Y yo de buena gana les hablaba acerca de mi tumba, que si se daba el caso y moría aquí y si enterrasen algún hueso mío no roído, el cráneo, quisiera ser enterrado en ese cementerio que está en la cima de la colina, que quisiera ser enterrado en la cuerda misma de ese cementerio, que deseo que mi ataúd, sobre esa línea divisoria, se parta con el tiempo, que aquello que quede de mí vaya bajando con la lluvia a los dos lados del mundo, que una parte el agua la lleve hacia los arroyos de Bohemia, y la otra parte allá al otro lado de los alambres de espino de la frontera, hacia los arroyos que fluyen al Danubio que, en consecuencia, deseo ser ciudadano del mundo incluso después de la muerte, para llegar al Vltava y el Elba hacia el mar del Norte y, con al otra mitad, por el Danubio hacia el Mar Negro y desde los mares fluir hacia el océano Atlántico...

Yo serví al Rey de Inglaterra de Bohumil Hrabal

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